Hermanos en armas

La intensa lluvia caía mientras el grupo del Sargento Veli subía la colina. Días después, los rayos del sol les quemaban, pero continuaron sin titubear. El hambre apretó sus estómagos. Las armas les pesaron en los brazos, pero siguieron adelante, impulsados por su noble encomienda. Defensores de la patria, héroes de la guerra, protectores de la paz, destructores del mal. Al retomar la marcha, sus pechos se hincharon de orgullo.

A kilómetros de distancia, su enemigo acechaba.

El Sargento Brodric y sus hombres caminaron por el fango. Su uniforme verde se manchó, pero poco importaba. Sus mochilas pesaban. El calor los sofocaba. El cansancio los apremiaba, pero persistieron en su ilustre tarea. Armas en mano, alzaron la vista y sonrieron al cielo. Defensores de la patria, héroes de la guerra, protectores de la paz, destructores del mal. Al retomar la marcha, sus pechos se hincharon de orgullo.

A kilómetros de distancia, su enemigo acechaba.

– “Los demonios azules están al otro lado del valle. Mañana temprano atacaremos.”-resonó la voz del Sargento Brodric – “¡Sean valientes y no titubeen al disparar! ¡Ellos no son como nosotros porque no conocen el honor o la bondad! ¡Son bestias que no se merecen nuestra misericordia…”

– “…Y es por eso que deben morir!”- tronó el Sargento Veli- “esos duendes verdes piensan que vienen por nosotros, pero les daremos una sorpresa. ¡Sean fuertes y no teman! ¡Mañana es nuestro día de gloria!”.

Al amanecer, las balas danzaron al son de los gritos.

Brodric se refugió detrás de una gran roca esperando una oportunidad para contraatacar. El ruido se apagó y Brodic, cuidadoso, se asomó. Enfrente de él no había nada. Amigos y enemigos habían desaparecido, dejando atrás tan solo la verde vegetación del valle. Brodric se frotó los ojos y miró de nuevo, nada. Pensando que estaba loco, pensando que era una trampa permaneció oculto por un largo tiempo. Después gritó por sus compañeros, pero no obtuvo respuesta, estaba solo.

Veli se detuvo de repente. Unas horas antes, antes de que todos desaparecieran, había estado enzarzado en una feroz batalla.  Ahora tan solo deambulaba por el bosque buscando a sus hombres. Dio media vuelta y, guiado por el desfalleciente eco de un llamado, regresó al lugar de la batalla.

            Brodric se sobresaltó al escuchar un chasquido a su izquierda. Agarró su rifle y apuntó hacia el bosque, dispuesto a disparar ante cualquier indicio de peligro. En la lejanía, vio a un conejo salir al claro. Aliviado, Brodric se relajó un poco. Entonces sintió una pistola en su nuca. Suspirando, tiró su arma y subió los brazos. Por el rabillo del ojo alcanzó a ver una bota negra y un pantalón azul. El enemigo.

            Veli, sosteniendo su pistola contra el monstruo de verde, le indicó que se volteara. Ambos quedaron boquiabiertos. Veli bajó su arma y ayudó a Brodric a levantarse. Parados en medio del claro, ambos soldados se contemplaron.

Poco después, se tendieron la mano. Era imposible, nunca se habían visto pero se conocían. Veli vislumbró cuando Sandra y todos sus primos fueron a despedir a Brodric en el aeropuerto. Brodric vio a la hermanita de Veli correr al lado del tren, deseando su pronto regreso. No eran sus recuerdos, pero los compartían. Sus vidas, tan distintas pero iguales se mezclaron como dos gotas de lluvia que caen sobre el mar.

No pudieron decirse una sola palabra, la ilusión desapareció tan pronto como había empezado. Estaban de vuelta en la realidad, rodeados de muerte, odio y destrucción. Sus manos seguían entrelazadas cuando uno de los soldados de Brodric, viendo a su Sargento tan cerca del enemigo, disparó. Veli cayó al suelo. Brodric sintió una dolorosa punzada en el pecho. Ninguna bala lo había alcanzado, pero al abrirse la camisa vio la sangre manar de su corazón. Heridos de muerte, Veli y Brodric se abrazaron como hermanos perdidos, se abrazaron como dos antiguos amigos que vuelven a encontrarse tan solo para decir el último adiós. Invasores de patrias, héroes de la guerra, destructores de la paz, ilusos peones del mal. La amarga verdad cayó sobre ellos y, al exhalar su último aliento, resbalaron por sus mejillas lágrimas de vergüenza. A kilómetros de distancia, su enemigo acechaba.

Autor: C-lina