La niña de Michoacán

“Leemos para saber que no estamos solos”

C.S. Lewis

-“¡Gilda! ¡Gilda; rápido vete, no dejes que te vean!”- gritó su padre mientras la guiaba hacia la pequeña salida detrás del closet.

Gilda se escabulló por el minúsculo y sucio hoyo pero, en vez de correr a la ciudad cómo solía hacerlo siempre, se quedó; empujada por un arranque de valentía. Respiró profundo, acarreando el valor suficiente para asomarse por una pequeña rendija en la pared. Sus grandes ojos negros vieron como su padre abría tímidamente la puerta de su pequeño hogar de madera, y dejaba entrar a tres hombres con grandes escopetas. Uno de ellos, el mejor vestido, se dirigió hacia él.

-“¡¿Cuánta marihuana sembraste?!”-le preguntó rudamente.

Su padre se veía asustado -“Lo que ustedes me pidieron Don Paco, lo juro”- contestó, nervioso.

Don Paco hizo una mueca –“Oye, Chucho”- le dijo al hombre feo y gordo a su izquierda-“pa’ mí que nuestro señor Ignacio miente.”

Chucho lo miró con complicidad y río ante el comentario-“Así parece”-afirmó, para luego cambiar súbitamente de tono-“¿quieres saber lo que les hacemos a los que nos traicionan?”-le pregunto a su padre, mientras se acercaba con un cuchillo hacia él.

-“¡No, esperen! ¡Yo jamás los engañaría!”-gritó asustado, pero Don Paco y el tercer hombre, ya lo habían sujetado-“¡La lluvia inundó todo!, ¡salvé lo que pude de la cosecha!”-intentó explicarse-“¡por favor!”

-“¡¿A caso eso es una excusa puto?!”-le preguntó Chuco, divertido, mientras le hacía un pequeño corte en el pecho. Entonces los otros lo soltaron y entre todos lo empezaron a golpear.

-“La próxima temporada más vale que tengas la cosecha completa”-lo amenazó Don Paco cuando terminaron-“o sí no te mataremos a ti y a tu morrita”-y los tres rieron de nuevo.

-“Pinche indio”-dijo el tercer hombre, aquel alto y de dientes amarillos, mientras la daba una última patada antes de seguir a sus compañeros fuera de la casa.      

Gilda, completamente aterrorizada, corrió los veinte kilómetros hacia  la ciudad; las carcajadas de esos demonios resonando en su mente. Al llegar, se dirigió al callejón detrás de la librería. Ese lugar le gustaba, pues ahí su padre y ella acostumbraban comer pan dulce cada quincena, después de vender sus artesanías en el mercado. En ese momento, un empleado, cargado de cosas, salió por la puerta trasera de la librería y se fue apresurado hacia la parada de autobús. Gilda no se sorprendió cuando pasó a su lado sin prestarle atención, su padre y ella estaban acostumbrados a ser ignorados; en la ciudad, nadie los veía.

Gilda se sentó lentamente en el piso; una densa lágrima resbalando sobre su mejilla.

-“Sabes, ‘llorar alivia en ocasiones’”- le dijo una voz desconocida.

Gilda volteo sorprendida y vio a una niña de cabello negro sentada al lado suyo, sonriéndole comprensivamente. Gilda no aguantó más,  la abrazó con fuerza y empezó a llorar descontroladamente. Después de un rato, se calmó y, efectivamente, se sentía un poco mejor.

-“Gracias por acompañarme”-dijo agradecida –“mi nombre es Gilda, ¿tú quién eres?” preguntó mientras se limpiaba las lágrimas.

-“Soy Ana…”

…..

            Gilda regresó a su casa al anochecer. Tenía prohibido volver antes de la puesta de sol por temor a que los hombres del señor Domínguez siguieran por los alrededores. Su padre la abrazó al llegar; ya se había vendado las heridas y actuó como si nada hubiera pasado. No quería asustar a su pequeña hija.

Se sentaron en la mesa y empezaron a cenar. Gilda comía lentamente mientras se fijaba en los múltiples moretones que su padre tenía en todo su cuerpo.

-“Papá”-le dijo-“¿nos van a matar si la cosecha es mala la próxima vez?”- preguntó.

-“¿qué…?”-dijo. La sorpresa hizo que se parara de su silla- “¡¿Escuchaste lo que dijeron?! ¡Gilda te dije que te fueras!”- le gritó, más por temor que enojo.  Al ver la carita despavorida de Gilda, intentó cambiar su tono.

-“No, no nos harán nada”-dijo sentándose-“… esos caballeros, solo estaban bromeando cariño” añadió, haciendo un inútil intento por consolarla.

-“Papá esa cosa que plantas es mala, tú mismo lo has dicho”- le reprochó Gilda, enojada –“ ¡¿por qué te obligan a plantarlo?! ¡¿por qué no se lo decimos a nadie, por qué…?!”

– “!Cállate Gilda! No sabes lo que dices, nos matarían antes de poder decírselo a alguien… nos tienen vigilados” añadió tristemente.

-“‘Podrán callarnos, pero no podrán impedir que tengamos nuestras propias opiniones’ ” susurró Gilda, determinada.

“¿De dónde sacaste eso?”- pregunto su padre, extrañado.

-“Me lo dijo mi amiga Ana”- contestó.

-“¿Ana?”-preguntó, intentó hacer memoria pero no conocía a ninguna niña llamada Ana. Suspiró- “Bueno, como sea”-dijo- “Vamos, que ya es hora de dormir”.

…..

El teniente coronel Fernando García recibió el mando de su batallón sin mucha ilusión. La situación se había degenerado durante los últimos meses; los reportes de plantaciones ilegales eran inauditos. Su trabajo en el próximo año sería muy difícil, por no decir peligroso.

-“pero alguien tiene que hacerlo.”-se dijo una y otra vez el teniente coronel mientras pasaba revista a sus hombres.

…..

            Pasaron las semanas y por fin pudieron empezar a preparar la tierra para la siembra. Un día, Gilda vislumbró a Ana mientras descansaba del extenuante trabajo. La chica se acercó y se sentó junto a ella.

-“Te ves cansada Gilda, ¿estás bien?”- le preguntó, consternada.

-“Si, solo le he estado ayudando a mi papá con la tierra.”-Estaba muy feliz por poder hablar con ella de nuevo.

-“Son prisioneros de las personas que los fuerzan a plantar eso.”-le dijo Ana, meditabunda – “No estás sola Gilda, yo también ‘tuve la suerte de ser arrojada bruscamente a la realidad’ ¿Sabes?” dijo.

-“¿también fuerzan a tu familia a plantar?”- preguntó Gilda emocionada

-“No”-le dijo- “pero también me he tenido que esconder y callar. No estás sola Gilda, yo también he sentido miedo.”- la reconfortó Ana, y ambas chicas sonrieron.

…..

            Los meses pasaron y la cosecha se dio completa. Gilda y su padre metieron la marihuana en sacos y lo prepararon todo para que ‘esos caballeros’ se la llevaran al día siguiente.

En la profundidad de sus sueños, Gilda olió humo.

Al despertarse, todo estaba oscuro y no paraba de toser. Aunque sus ojos ardían terriblemente, de alguna forma, sus pies encontraron el camino hasta la puerta.  Una ráfaga de calor seco la invadió al salir y, justo enfrente, sus incrédulos y llorosos ojos contemplaron una auténtica pesadilla.  Todo estaba en llamas. Los sacos ardían y su padre corría. Corría desesperadamente, de un lado a otro, luchando por apagar el fuego.

-“¡Gilda! ¡Gilda, ayúdame!”-le imploró, al verla.

…..

Un soldado entró en su tienda -“Mi teniente coronel”- dijo mientras lo saludaba al estilo militar.

-“¿Qué sucede Pérez?”-le pregunto, atento, dejando de escribir en su bitácora.

-“Hay humo en el horizonte.”

…..

 El padre de Gilda no sintió luz del amanecer caer sobre su espalda. El sol había salido fulgurante, completamente ajeno a la tragedia que sus rayos revelaba. Toda la cosecha se había perdido. No había esperanza. Gilda, viendo a su padre acurrucado en un rincón, se le acercó con timidez.

-“No te preocupes”-le susurró al oído-“‘Mientras puedas mirar al cielo sin temor, sabrás que eres puro por dentro, y que, pase lo que pase, volverás a ser feliz’”-lo reconfortó –“todo estará bien”-le dijo con una sonrisa.

-“¿Tu amiga Ana te dijo eso?”- le pregunto mientras la abrazaba.

– “si”

Se miraron a los ojos y se abrazaron con aún más fuerza.

-“Tenemos que irnos”-dijo su padre de repente, sus sentidos exaltados por el humo inspirado –“¡rápido! vístete y agarra tus cosas que no tardarán en llegar.”- le apremió. No les quedaba otra opción más que huir – “Dios santísimo, qué aún estén lejos; qué el fuego no les haya alertado.”- imploró entre susurros.

Diez minutos después Gilda y él corrían camino a la ciudad. Una vez ahí buscarían ayuda y denunciarían al señor Domínguez y a su gente.

 Gilda y su padre se encontraron con el batallón de García de frente y rogaron por protección. Mientras subían a uno de los vehículos, el convoy fue emboscado. Era demasiado tarde, Domínguez y sus hombres los habían encontrado. Empezó a llover, y pronto, las gotas de lluvia fueron acompañadas por balas.  Después de veinte minutos, el batallón logró repeler a los delincuentes.

-“¡Rápido!”-ordenó García a quince de los soldados-“Sigan a los cobardes que huyeron al bosque y arréstenlos a todos.”-Luego volteó hacia su segundo –“¿Alguna casualidad?”

-“Ninguna mi teniente”-le respondió, empapado por la lluvia y el lodo, pero contento-“y solo hirieron a cinco y no de gravedad.”

Todos estaban aliviados por estos hechos cuando un grito sordo cortó el aire. El padre de Gilda estaba arrodillado sobre el fango y tumbado frente a él había un pequeño cuerpo. Gilda había sido alcanzada por una bala durante el enfrentamiento; estaba muerta. Un hilillo de sangre encontró su camino hasta un charco, y fluyó, roja, hasta los pies del teniente coronel.  Fernando García se acercó cabizbajo y levantó el pequeño cuerpo de Gilda. Al hacerlo, un pequeño y desgastado libro cayó de la mochila que llevaba. Su padre lo recogió y leyó el título: “Diario de Ana Frank”.

Autor: C-lina