Sueños

Amanecía y Lucy salió corriendo de su casa; no quería llegar tarde. Al alcanzar el auditorio se escabulló ágilmente dentro. No tenía por qué estar ahí, aún le faltaba por crecer, pero no pudo resistir las ganas de presenciar ese solemne momento. Aquel instante en donde los aceptados eran bienvenidos a la sociedad con honores, y la gran mayoría de ellos, privilegiados con una vida segura y confortable. Ese era su destino escogido.  

– ¿Qué más se puede desear? – se preguntaba Lucy mientras se asomaba entre las butacas, ansiando el momento en que ella estaría entre ellos. Vestían elegante trajes de gala y todos, por primera vez en su vida tenían el placer de mostrar su espalda descubierta, dejando a la vista dos pequeñas proyecciones sobre los omóplatos.  Pasando uno por uno, el dirigente colocó una cobertura, semejante a la estructura de un dedal dorado, sobre cada protuberancia: el símbolo de la vida adulta. 

Yo también obtendré la dorada– pensó Lucy, con una sonrisa en los labios- la de mayor augurio y prestigio.

La audiencia estalló en aplausos al finalizar el evento y padres e hijos se abrazaron con firmeza, incapaces de contener su emoción.

            Después de un arduo día de actividades, Lucy regresó a su casa, y tras un breve descanso, continuó trabajando. Solo los mejores de la generación serían elegidos para la ceremonia. Si no era la mejor ahora, ¿qué oportunidad tendría de serlo en el futuro? Poniendo manos a la obra, no paró hasta haber alcanzado los objetivos del día.

            Un nuevo año remplazó al anterior, una y otra vez, y Lucy continúo andando por su recto camino; perseverante.

            Era viernes y el reloj dio las diez de la noche. Lucy depositó el lápiz sobre la mesa, cerró la computadora y, exhausta, salió a pasear, buscando despejarse un poco. Curiosa, tomó una calle desconocida, desviándose de su camino habitual.

Un hermoso parque se abrió ante ella. La luz de las estrellas se reflejaba sobre la fuente del centro y el chisporroteo del agua producía un ruido encantador. Una tranquilidad acogedora se apoderó de ella. Sonriendo, paseó entre el pasto cubierto de flores y tocó los árboles. Se paró entonces, y nuevamente miró hacia cielo, embriagándose con la belleza de los astros. De repente se sintió libre, y cantó y bailó en medio de la noche.

Al día siguiente volvió al parque y, sentada sobre una banca, respiró profundo y dejó que el suave viento sacudiera sus cabellos tales hojas en los árboles. Después de un tiempo, sacó cuidadosamente de su mochila sus utensilios e inició un nuevo proyecto.

Pasaron los meses y Lucy regresó tan seguido como pudo.

-Si tan solo la semana fuera tan corta como sábado y domingo, y el fin de semana tan largo como la semana. – pensó resignada, en como los días pasaban sin que ella se diera cuenta. Su corazón se moría de ganas por continuar lo que había iniciado, pero no tenía muchas oportunidades, estando tan ocupada como estaba. Además, aquel proyecto en particular no sería bien visto por los demás. No era la clase de cosas a las que la gente astuta se dedicaba. Peor aún, podría hacerle perder sus coberturas doradas. Tenía que ser discreta.

Consciente del riesgo, Lucy continuó yendo todos los fines de semana. Y, si hubiera tenido la edad para portar la espalda descubierta o si se hubiera tenido un espejo más grande, tal vez se habría percatado de cómo unas pequeñas alas le empezaban a crecer. Estas no eran fuertes y anchas como las de las aves; sino muy delicadas, pero infinitamente hermosas, como de mariposa. 

Un día, regresando del parque su madre le tuvo una sorpresa.

– “Ven hija, tengo algo para ti.”- le dijo – “¿No es bonita?”-le preguntó, entregándole una blusa- “La vi en la tienda y pensé en ti.” – dijo con una sonrisa – “Anda, pruébatela, te quedará hermosa.”

– “¿Qué tal?”-preguntó Lucy, después de ponérsela- ¿Cómo se me ve?”-preguntó, contenta.

– “Muy bien”- le dijo – “pero, no sé como que se jala un poco de atrás”-le dijo su madre, haciendo una mueca – “Será que está mal suturada. Deja y te la acomodo, date la vuelta… pero ¡qué extraño! Es como si tuvieras algo aquí…” – dijo sorprendida y le levantó la blusa.

Entonces su madre soltó un grito – “¡Santo cielo! ¡¿qué te ha pasado?!”

-“¿Qué sucede? ¿qué tengo?”-preguntó Lucy, preocupada y volteando la cabeza en un intento fútil por verse la espalda. Así que rápidamente fue al espejo del baño y, con la ayuda de un segundo espejo, por fin las vio. – “pero qué es…Wow…”-exclamó, su desazón reemplazado por fascinación. Eran lo más increíble que había visto. Aunque aún eran pequeñas e inmaduras, intentó moverlas, y una felicidad inmensa inundó su corazón cuando lo hicieron. En ese momento, encontró lo que tanto había buscado; estaba completa.

Su madre la miró con compasión y la abrazó –“Pobre mi niña. De verdad lo siento, pero no podrá ser.”-y una densa lagrima resbaló sobre su mejilla.

-“¿Por qué no?”-le preguntó con tristeza-“¿Por qué negar algo tan maravilloso?”

-“Porque la tierra firme es donde debemos estar” -le contestó, con voz serena- “no entre las nubes.”

Su padre llegó a la casa unas horas después y su madre le explicó lo sucedido. Preocupados, ambos visitaron a Lucy en su habitación.

-“¿Lucy, querida, pero qué te ha pasado?”-preguntó su padre, preocupado-“Pensé que te habíamos educado mejor.”-dijo, con aprensión. Ante esto la madre, lo fulminó con los ojos.

-“No te preocupes, nena”-intervino entonces su madre, dirigiéndose hacia ella con tono cariñoso-“Es por el estrés nada más”- le colocó una mano sobre el hombro-“Diremos que estás enferma para que puedas faltar unos días y ya verás cómo, con un poco de descanso, las alas habrán desaparecido.”

            Pasaron varios días largos y tediosos. Al llegar la noche, igual que todas las veces anteriores, Lucy no pudo dormir. Se quedó largas horas tendida sobre la cama, viendo el techo vacío. Su sentido común le decía que sus padres tenían razón. ¿Cómo no tenerla?, si ellos portaban ya las coberturas doradas sobre sus espaldas. Aun así, su corazón gemía y un impulsó incontrolable le imploraba por salir de su sofocante encierro. No pudiendo resistir más, abrió la ventana en busca de aire. Sin saber cómo, pronto se encontró en la calle, guiada por sus pies. Rápido, rápido la apremiaban y las avenidas, letreros y casas pasaron veloces a su lado. Entonces todo se detuvo. Estaba en el parque, y amanecía.

Tragó saliva e, instintivamente, levantó la mirada. Y ahí, en medio de las nubes, lo vio. ¡Un hombre volaba por los cielos! Sus alas eran parecidas a las suyas, pero más grandes y experimentadas. Los vientos y el uso las habían hecho fuertes y diestras. Continuó volando durante un tiempo, inconsciente de que alguien lo veía.

-“Maravilloso”-susurró Lucy.

De repente, el hombre empezó a alejarse, planeando placenteramente por el aire. Al darse cuenta de lo que sucedía, Lucy gritó, intentando llamar su atención. Pero fue inútil, y pronto lo perdió de vista.

Pero Lucy no se desanimó, todo lo contrario, corrió de regreso a su casa llena de ilusión.

-“¡Papá, mamá, no creerán lo que he visto!”-dijo emocionada.

-“¡Lucy! ¿dónde estabas? ¡Estábamos preocupados!”-le dijo su madre, yendo hacia ella.

-“¡He visto a un hombre volar mamá! No estoy loca. ¡No es imposible!”

-“¡¿Qué has visto qué?!”-intervino su padre, enojado-“¿dónde lo has visto?”

-“En…en el parque”-contestó Lucy, confundida-“no entiendo…”

Su padre se dirigió a su madre, antes de que siquiera pudiera terminar la oración – “Te dije que teníamos que llevarla. Te lo dije.”-enfatizó.

-“No pensé que fuera tan urgente”-se defendió su madre-“pero tienes razón.”

-“¿De qué están hablando? ¿A dónde me llevarán?”-preguntó Lucy, harta de ser ignorada.

Su padre suspiró-“Síguenos.”

            Se subieron al carro y manejaron hasta las afueras de la ciudad. Al llegar, Lucy se bajó y vio frente a ella un gran edificio gris. Tenía grietas en las paredes y su estructura menguaba por el abandono.  

-“Recuerda que te amamos hija. Solo hacemos lo que es mejor para ti.”-le dijo su madre antes de entrar.

-“Buenas tardes”-les dijo un secretario, dándoles la bienvenida-“¿A qué paciente visitan?”

-“A ninguno”-contestó su padre algo tímido-“sólo venimos a ver.”

-“Ya veo…”-dijo el secretario, ligeramente incómodo. Luego se percató de las coberturas doradas que ambos padres portaban, vio a Lucy y entendió la situación perfectamente – “Supongo que tienes muchas preguntas”-dijo –“¿no es así pequeña?”

Lucy asintió, aun sin saber bien qué pasaba- “¿Qué es este lugar?”-preguntó, mientras empezaban a caminar por un pasillo.

-“Esta es un institución de caridad. Encargada de cuidar y proveer la mejor calidad de vida posible a los que padecen de Infaustum.

-“¿Qué es Infaustum?”- preguntó Lucy, aún sin comprender.

-“Eso nadie lo sabe con certeza”-le dijo el secretario –“Solo hemos identificado algunas de las causas, y signos y síntomas que la acompañan.” – entonces el secretario se paró, abrió una puerta e invitó a Lucy a que viera dentro.

            La imagen que vio la horrorizó. La habitación estaba repleta de gente agonizante. De sus espaldas salían unas alas negras rotas y retorcidas.  Su piel era gris, y no quedaba ni un cabello sobre sus rostros cadavéricos. Y lo peor de todo, no paraban de gritar. Daban gritos tan tremendos que quebraban cristal. Cinco enfermeras corrían de un lado al otro, atendiéndolos lo mejor que podían, pero era fútil, nada podía calmar su dolor.

-“¡¿Qué les ha pasado?!”-preguntó Lucy, con lágrimas resbalándose por sus mejillas y sus oídos adoloridos.

-“Fue por las alas”-respondió el secretario simplemente. Guardó silencio antes de continuar- “Todos tenemos la capacidad para tenerlas, pero a algunos jamás les crecen. A otros se les caen un día, sin haberse dado cuenta que siquiera las tuvieron. Y a otros les crecen por completo”-y el hombre suspiró -“y los tientan con lo imposible.” -Luego miró hacia Lucy- “Los locos que lo intentan y fracasan, sufren de Infaustum.”    

Con la voz cortada, Lucy preguntó -“¿y no se puede hacer nada por ellos?”

El secretario sacudió la cabeza amargamente- “No.”-contestó- “Están condenados a un suplicio constante. Las alas y huesos se deforman poco a poco, y el dolor eventualmente los vuelve locos. Hemos intentado todo, pero nada funciona. Su miseria no tiene fin.” -Y entonces cerró la puerta, y los gritos dejaron de escucharse.

Estaban a medio camino de la salida cuando Lucy se detuvo de repente. ¡Es que no puede ser! – pensó. “¡¿Qué pasó con el hombre que vi volar?!”-les preguntó a sus padres y al secretario, desesperada – “¡¿Por qué es que él no acabó como el resto?!”

-“Será de los afortunados”-señaló el secretario, sorprendido-“ un pequeño porcentaje jamás desarrolla Infastum. Al contrario”-dijo, emocionado por compartir tan interesante conocimiento-“diversos  estudios han demostrado qu-“ – La mirada de desaprobación de la madre de Lucy hizo que se callara-“pero…pero”-dijo, intentando de terminar la oración sin enfurecer más a los padres-“el número es tan pequeño, es más, tan minúsculo, que no entran dentro de las estadísticas.”-concluyó, sonriendo incómodamente.

-“Pero entonces ¡es posible!”-continuó Lucy, terca.

-“¡No Lucy, no lo es!”-dijo su padre, perdiendo la compostura– “¡Nunca hagas nada en donde no tengas, al menos, el cincuenta por ciento de certeza que vas a ganar! El riesgo no vale la pena.  ¿Si tú eres inteligente porqué insistes en hacer lo contrario?”-le preguntó, agobiado por el temor y la preocupación que sentía.

Lucy bajó la cabeza y guardó silencio. Luego susurró, con moribunda resolución -“Es que ustedes no tienen valentía”

Su padre rió entre dientes – “Valentía…” -añadió cruelmente–“Una palabra inventada por estúpidos para excusar su falta de sentido común.” – Entonces se dio la vuelta, y se fue.

-“Vente Lucy, alcancémoslo.”-dijo su madre, dándole la mano. Se despidieron del secretario y fueron al carro. 

No se hablaron en todo el camino, y al llegar a su casa Lucy, con los ojos hinchados y un ardiente fuero interno, subió a su cuarto y se encerró. Aquella misma noche se escabulló al parque.

Las estrellas brillaban, las gotas de la fuente chisporroteaban, y el viento susurraba alegremente. Todo seguía tan hermoso como la primera vez.  Agarrando aire, se trepó a una de las bancas y se preparó a saltar.

Volaré – se dijo a sí misma- sé que lo haré. Empezó a contar- “uno…dos…dos…”-las imágenes de los Infasutum regresaron a su mente. Su corazón se aceleró-No-pensó- concéntrate… tú puedes, vamos…-“uno…dooos…”- dos…-gruesas lágrimas escaparon de sus ojos- ….dos…doos¡YA!-  saltó, pero el terror la paralizó de inmediato, y lo que fuere un vuelo magnífico acabó en un brinco absurdo y cayó al suelo; derrumbándose.  

Levantando la vista poco a poco, la luz de luna le pareció ahora opaca, el agua fría e inquietante y las incipientes nubes negras, tenebrosas. Abatida, caminó de vuelta a su casa en medio de la incipiente lluvia.  

-“¿Mamá?”-le preguntó Lucy la mañana siguiente -“he estado pensando en lo que dijo el secretario. Ya sabes, que hay quienes vuelan y no se enferman…” -Luego añadió rápidamente –“Me preguntaba si lo contrario también es verdad ¿existe gente que, sin tener alas, le haya dado Infaustum?”

Su madre no supo que contestar. Entonces Lucy escuchó un suspiró a sus espaldas- “sí”-dijo, su padre, quien había escuchado la pregunta – “sí existen. No es común, pero sucede.”

-“Entonces ¿cómo puedes prometer que si acepto las coberturas, no tendré Infaustum?”-le reprochó.

-“Nunca te lo hemos prometido Lucy, ni tu madre ni yo.”-dijo su padre-“Pero te puedo asegurar una cosa. Hay mayor probabilidad que tengas alas sin correr ninguno riesgo que de padecer Infaustum con las coberturas. Y mucho más si estas son doradas, las cuales tienes todo lo necesario para obtener.”-la animó, con una sonrisa.

…..

El día de la ceremonia llegó y Lucy se dirigió a la oficina del dirigente poco antes que comenzara. 

-“Buenos días, Lucy”-le dijo, dándole la mano-“¿Tus padres ya tienen asiento y todo?”

-“sí”-le contestó-“en la zona central. Están muy emocionados.”

-“Sí, por supuesto.”-se aclaró la garganta-“Ahora. Sobre tu problema. Las alas son un asunto molestoso. Si no las cortas de raíz vuelven a crecer rápidamente, como las hierba”-dijo jovial -“es por eso que también debemos poner las coberturas lo antes posible. Si las tapas, no crecen.”- sentenció-“¿comenzamos?”

Lucy tragó salva y asintió. Luego se dio la vuelta y se quitó la chaqueta, exponiendo su espalda. El dirigente se acercó, colocó una mano detrás de su cuello, sujetándola, y la otra la enroscó firmemente alrededor ambas alas. Lucy ahogó un gritó y el dirigente las arrancó.

La sangre corría por su espalda.

 -“Ándale, arréglate”-le dijo el dirigente con frialdad -“la ceremonia empieza y mientras antes las cubramos, mejor.”-y se fue a ocupar su lugar en el escenario.

Con la espalda aún pegajosa por la sangre seca y sus protuberancias hipersensibles y palpitantes, fue su turno para que el dirigente le colocara el par de coberturas doradas. Cuando todos pasaron, mostraron sus espaldas al público emocionado y fueron aplaudidos. Lo lograron, su esfuerzo había dado resultado.

…..

Décadas más tarde una mujer bien vestida y con portafolio caminaba, con el porte orgulloso de los dueños de coberturas doradas, rumbo a la casa de sus padres para visitarlos. Pasando por una de las calles, volteó al fondo y vislumbró un pequeño parque. Se detuvo y lo contempló por algún tiempo, asaltada por las agridulces memorias de su juventud. Lucy se regocijó al recordar sus visitas a aquel parque, sus bailes e inocencia. Recordó a sus amigos, sus juegos…su proyecto secreto. Respondiendo a la chispa de ilusión que brotó en su alma, su cuerpo respondió con lo imposible. Sus coberturas se aflojaron y en su lugar nacieron un par de suntuosas alas. Eran fuertes, maduras y hermosas, añadiendo mil colores a la luz del sol que reflejaban. Dejándose llevar por lo que alguna vez fue, Lucy dio un paso hacia adelante. Entonces se detuvo, cerró los ojos y con media sonrisa sacudió la cabeza y retomó su trayecto.  A veces, se piensan cosas ridículas. Y como si jamás hubiesen existido, sus alas cayeron al suelo por última vez.

A muchas cuadres de ahí, una pequeña niña extendió sus alas, y voló.

Autor: C-lina