Un golpe de suerte

Apenas era primero de diciembre, y el frío nocturno ya era atroz. Roberto se encontraba camino a su departamento, vista en el suelo, su cabeza ocupada pensando en todas las cosas que le molestaban.

-“¿Qué se supone que debo hacer con esto?”- se preguntaba, frustrado por su trabajo mal pagado, mientras seguía su camino.

            El aguinaldo que recibiría dentro de poco era un chiste, la inflación estaba terrible y los boletos de avión carísimos.

-“No tengo otra opción más que pasar las vacaciones con esos insoportables” – se dijo, mientras su expresión se ensombrecía. Desde hacía tiempo no aguantaba a su familia. Los regalos decepcionantes, los abrazos asfixiantes, el árbol sobre decorado, los besos embarrados, la tía Gertrudis con sus romeritos medio crudos, y la cena de navidad arruinada por eternas discusiones  y peleas, pero, lo peor de todo, tener que continuar con una sonrisa falsa…aparentar que todo es maravilloso y feliz porque “Es navidad” – Qué estupidez. Cómo le gustaría poder alejarse de todo aquello; viajar a algún país desconocido, celebrarla solo. Estaba seguro que todo sería mejor de esa forma. De esa forma, por fin obtendría la felicidad que tanto se merecía, y disfrutaría las cosas a su manera. –“Pero no”-se dijo, enojado-“Otro año, y otra navidad miserable”.  Empezaba a nevar.

            Roberto, ensimismado en sus propios pensamientos, no vio la moto que chocó contra él.

            Roberto despertó en una pesadilla. Su cuerpo entero le dolía, y había varias enfermeras en la habitación.

-“¿qué..?”-intentó preguntar, su voz débil, cuando entró alguien por la puerta.

-“¡Roberto!”-gritó alegremente Miguel, haciendo que una de las enfermeras diera un respingo-“Ya estás despierto, ¡qué alegría!”-dijo dándole un abrazo-“¿cómo te sientes?”

-“Terrible”-dijo, intentando sonreír-“¿qué es lo que pasó?”

-“Te chocó una moto”-le dijo-“al parecer el conductor perdió el control y fue a dar directo a ti. Después de eso salió huyendo, y bueno”-dijo llevándose una mano a la nuca-“aún no han dado con su paradero, y la verdad no sé si lo harán”-le finalizo, su mirada llena de preocupación.

-“estupenda suerte la mía”-dijo Roberto, sarcástico

-“Eso sí”-dijo una enfermera de mayor edad severamente-“fuiste muy suertudo de haber salido con solo unos cuantos huesos rotos. Podría haber sido mucho peor.”

-“Tiene razón, Rob”-dijo Miguel-“fuiste bastante suertudo. Dentro de dos semanas estarás libre, ya hablé con el jefe, y dice que tendrás paga hasta el dieciséis, que es cuando salías de vacaciones.”-le dijo con una sonrisa-“¿No es maravilloso? Incluso ya están los papeles del seguro listos y todo, no te tendrás que preocupar por nada.”

-“Gracias Miguel”-dijo con sincero afecto-“eres un buen amigo.”- y se abrazaron de nuevo-“Dos semanas ¿eh?, me aburriré bastante.”-dijo-“lo bueno es que te tengo a ti para que me visites”

-“Si”-dijo Miguel-“al menos por un ratito”

-“¿A qué te refieres?”

-“Los horarios de visita son muy estrictos aquí”-le dijo algo apesumbrado –“ solo se pueden de 1 a 6 de la tarde, y salgo del trabajo a las cinco… pero no te preocupes, vendré todos los días”-dijo, en un intento por consolarlo-“oh, y tus papas hablaron, están muy preocupados, para que les marques de vuelta en un rato.”

Roberto apenas le iba a agradecer cuando la enfermera que había dado el respingo se acercó a Miguel, señalando el reloj. Era hora que se fuera.

-“No te agüites, Rob”- le alcanzó a decir-“estarás muy bien acompañado”-le dijo con una sonrisa pícara mientras las enfermeras lo medio empujaban fuera de la habitación.

Roberto sonrió ante el comentario, pero no pasó mucho tiempo hasta que se diera cuenta a lo que Miguel se refería en verdad. Roberto empezó a mirar alrededor confundido. En efecto, no estaba solo, ¡había otros tres pacientes en la habitación!

-¿Qué es esto?- le preguntó Roberto a la enfermera de mayor edad, que entró nuevamente en la habitación-“¿es un cuarto compartido?”

-“si”-le respondió secamente

-“¿por qué?”-preguntó, sumamente consternado, pues claramente prefería tener una habitación solo para él.

La enfermera levantó los hombros, restándole importancia hacia la preocupación de Roberto-“tu seguro no era tan bueno.”-dijo con apatía, y salió de la habitación.

……

Roberto permaneció acostado y adolorido el resto de la tarde, les habló a sus padres y, después de varios minutos de insistir, por fin los convenció de que no era necesario que volaran hacía allá. No era nada grave, y se verían dentro de pronto de todas formas. Les había dicho que todo estaba bien, sin embargo, el hospital estaba horrible. La cama era dura, no había televisión ni internet; en cuanto a sus compañeros de cuarto, todos eran terriblemente callados e indiferentes. Uno se la pasó viendo al techo todo el día, el otro rezaba y el último insultaba a todo el mundo.

-“Ya me harte”-se quejó Roberto para sí, completamente aburrido.

            Las enfermeras llegaron poco tiempo después, y les repartieron a todos una mísera cena, constituida por una pequeña sopa, un vaso de agua  y tres galletas maría. Roberto se lo comió todo de volada e, ignorando el hambre que seguía teniendo, intentó dormirse en cuanto las enfermeras apagaron la luz.

            Fue entonces cuando todos cobraron vida. Empezó a oír voces y, al abrir los ojos, vio como sus tres compañeros de cuarto platicaban copiosamente entre sí, en voz baja pero animada. Después uno de ellos, el más viejo, se levantó y fue a sentarse más cerca de los otros dos. Entonces, quien sabe de dónde, el viejo sacó unas cartas y empezaron a jugar. 

-“pensé que la enfermera le dijo que no debía pararse”-le dijo Roberto al hombre más viejo, al parecer de apellido Pérez.

-Pérez lo miro molesto-“¿Pararme? ¿yo? Cómo crees, si yo estoy acostado en mi cama. ¿No es así Pedro? ”-le preguntó al hombre de camisón amarillo, el que había visto rezando.

-“Así es Pérez.”-dijo, mientras intentaba controlar un ataque de tos-“pero ¿que esperamos? Vamos a jugar ya.” –y los tres hombres comenzaron su partida de Póker, olvidándose de Roberto.

            Roberto, algo intrigado por sus curiosos compañeros se los quedo viendo un rato. Entonces se dio cuenta de algo increíble, ¡estaban apostando las galletas!

Roberto sonrió-“¿puedo jugar también?”-preguntó, divertido por el hecho.  El cuarto era bastante pequeño, así que tan solo se tenía que inclinar un poco para estar cercano a los demás.

-“¿Tienes galletas?”- le preguntó otro de los hombres, Don Juan, el de barba descuidada que habla pestes de todo el mundo.

-“No.”

-“Entonces espera hasta mañana. Sin galletas, no juegas.”-le dijo.

            Roberto entornó los ojos por el comentario. Y se reclinó nuevamente. Sin galletas no juegas– pensó burlonamente-Ya verán, viejos. Mañana en la noche les ganaré a todos.  

…….

El día siguiente Roberto amaneció cansado, pues las risas y apuestas de sus compañeros apenas y le dejaron dormir. Llegado el desayuno, Roberto se aseguró de guardar las tres galletas que venían como postre, y vio como los demás hacían lo mismo a escondidas, para que las enfermeras no se dieran cuenta. Qué curioso –pensó– ahora parecen viejos enfermos y cansados, pero en la noche son completamente diferentes.

Ese día  no solo fue Miguel a visitarlo, sino también Paty y otros cuantos amigos más. Una vez la visita estuvo concluida, Roberto le susurró a Miguel en el oído.

-“Necesito que me hagas un favor, mañana escóndete un poco de comida en los bolsillos, galletas maría de preferencia y tráemelas.”

-“¿qué?”-le preguntó Miguel, completamente extrañado

Roberto rio-“solo confía en mí, ¿sí? Y te cuento después.”- Miguel asintió, intrigado –“pero, oye”-le advirtió Roberto-“no dejes que las vean las enfermeras”.

            Esa noche Roberto entró al juego con nueve galletas maría. Y, por supuesto, las perdió todas. Aquellos viejitos eran unos jugadores inclementes.  No importa –pensó Roberto, pues el verdadero juego apenas comenzaba.

            En las noches siguientes, y gracias a la comida de contrabando que le proporcionaba Miguel, Roberto se proclamó el más rico de los jugadores. Ahora no solo apostaban galletas maría, sino sándwiches, frutas y chocolates. La intensidad del juego había subido exponencialmente.

….

La sexta noche, Roberto, Pérez y Pedro aguardaban con ansias que las enfermeras se marcharan para poder empezar el juego. Desde hacía dos días que Don Juan, el viejo alcohólico de los ojos duros, no participaba por sentirse mal; pero los veía, pues era un vicioso empedernido.  Apenas llevaban una hora de juego cuando el monitor de Don Juan empezó a hacer unos sonidos extraños. Unos sonidos de pesadilla. Las luces se prendieron de inmediato y un escuadrón de doctores y enfermeras entraron corriendo al cuarto. Roberto vio, espantado, como intentaban revivir a Juan, una y otra vez. El sonido del desfibrilador rezongaba en sus oídos. Diez minutos, veinte y después, nada. Don Juan había muerto. Las enfermeras se retiraron con el cuerpo, el doctor le confisco las cartas a Pérez, lo regaño por haberse levantado de la cama y el cuarto quedó a oscuras de nuevo.

……

Roberto no pudo dormir en toda la noche. Se le había olvidado que estaba en un hospital, se le había olvidado que no era un juego. Una lágrima resbaló por su mejilla.

A la mañana siguiente  volteó y se dio cuenta que había otro señor en la cama de Juan. ¿Cuándo lo han traído?– se preguntó, enojado; su mirada fija sobre este impostor. Era un hombre de cabello canoso y piel algo arrugada el cual estaba conectado a una máquina de diálisis; nada especial.

Esa noche Pérez se acercó a Pedro y a él con un nuevo maso de cartas.

-¿De dónde las has sacado?-preguntó Pedro, dándole gracias a Dios, pues era sumamente religioso.

-“Un mago no revela sus trucos”-contesto, contento.

Roberto estalló. -“¿Cómo pueden estar tan tranquilos?”-preguntó, consternado-“¿como si no hubiera pasado nada?”

Los dos hombres se le quedaron mirando. -“¿Dónde crees que estas Rob?”-le preguntó Pérez-“es un hospital, las personas mueren, es parte de la vida. Desde que yo llegue, ya he tenido cinco compañeros de cuarto distintos. Unos mueren, otros se van de alta.”

-“No debes preocuparte”-complementó Pedro-“ahora ellos están en un lugar mejor. Y ahora a nosotros nos hace falta un jugador… ¿quiere jugar señor?”-le preguntó al nuevo.

-“Son muy amables”-contestó el nuevo con un bostezo-“pero paso”.

Roberto también pasó, pues seguía demasiado aturdido. Así que Pedro y Pérez se fueron al lado contrario del cuarto, con el fin de no molestarlos.

…..

El día siguiente Roberto siguió sintiéndose terrible. Las visitas de sus amigos le ayudaban, pero, por alguna razón, se sentía disgustado.

-“Has estado muy callado joven”-le dijo el nuevo con una sonrisa, poco después de que la hora de visitas se hubiera acabado-“Soy Gabriel.”

-“Roberto”-le dijo, dándole la mano desganadamente, pues sus camas estaban muy pegadas la una con la otra. Entonces vio que Gabriel sostenía unos papeles en su mano- “¿Qué es eso?”-le preguntó, curioso.

-“¿Esto?, ah, son unos boletos de lotería. Le pido a mi sobrina que los compre y me trae uno cada día.”

-“¿Sueñas con ganar la lotería?”

-“Creo que todos, de alguna manera, soñamos con ello, sí. Un golpe de suerte, una circunstancia inesperada y toda una vida maravillosa a partir de ese instante.”- le dijo, lleno de ilusión.

-“¿Y qué piensas comprar si ganas?”

-“Lo donaría.”

-“¿Qué?”-preguntó Roberto, incrédulo-“¿Por qué?”

-“Yo no lo necesito, otros sí. Sueño con poder hacer algo bueno por alguien más”.

Roberto intentó no reírse de él-“si yo ganara la lotería”-dijo-“me iría de viaje solo. Pasaría las fiestas en grande, me compraría todas las cosas que viera en las tiendas, sin siquiera preguntar el precio, y con eso sería feliz.”

            En ese momento entró una enfermera y coloco un pequeño y delgado pino sintético en el centro de la habitación. Todo adornado con esferas azules y doradas, hechas de un plástico barato.

-“Si tuviera dinero no tendría que aguantar este hospital, y mucho menos ese ridículo pedazo de plástico pintado de verde. Cómo odio la navidad”-continúo-“te lo pintan todo bonito pero es terrible. Igual que ese árbol falso que tenemos enfrente. Los anuncios y las historias solo te tientan con las cosas que jamás podrás tener, el árbol gigante, la casa maravillosa, la comida estupenda, todo el mundo conviviendo en harmonía y haciendo cosas buenas el uno por el otro. Cómo no.”-dijo sarcásticamente, luego suspiró-“Solo acabas endeudado. En todo el año nunca me siento tan triste como en Navidad… Quiero tener el dinero, ¡y las mansiones, los carros y los relojes estoy harto de toda esta farsa religiosa!  Todos los que piensen lo contrario están locos.”

-“A mí ese árbol se me hace hermoso”- le dijo Gabriel-“Igual que esta época del año, igual que la gente en general; incluso cuando pueden ser unos aguafiestas.”-y se le quedo mirando-“Pero tienes razón en una cosa, creo que las fiestas serían mejor con menos infomerciales de mansiones y regalos imposibles. Eso es lo que menos importa. Al menos, eso es lo que piensa un viejo loco como yo.”

Roberto se sintió un poco mal ante el comentario de Gabriel, y no tuvo valor para contestarle de regreso. Así que se hundió en la cama, y se quedó pensando por mucho tiempo, hasta que cayó la noche y se quedó dormido.

Los siguientes días Roberto continúo charlando con Gabriel. Ya no volvieron a tocar el tema de la navidad ni la lotería, pero se cayeron bien. A Roberto le sorprendía el buen humor de Gabriel, y no tardó en  convencerlo para que se uniera a las jugadas nocturnas de póker. 

Tres días, faltaban tres días y Roberto saldría del hospital. Estaba pensando en esto cuando se percató de que el doctor estaba teniendo una charla seria con Gabriel. Eventualmente, el doctor salió de la habitación.

-“¿de qué fue todo eso?”-le preguntó Roberto

-“Nada, solo el doctor disculpándose por el retraso.”-al darse cuenta que Roberto no entendía, continuó-“estoy esperando un riñón. Verás, los míos no funcionan muy bien.”-y apuntó hacia la máquina de diálisis.

-“Entiendo”-dijo Roberto tristemente-“cuanto más tendrás que esperar”

-“Aún no lo saben, días, semanas, el tiempo necesario.”-dijo

Roberto se quedó callado un tiempo, trago saliva-“yo…yo te puedo dar el mío”

Gabriel se carcajeó ante el comentario-“no tienes que hacer eso muchacho”-dijo entre risas-“aparte, no eres mi tipo de sangre”-Roberto se ruborizó-“pero te lo agradezco”-terminó Gabriel y continuó riéndose un poco más hasta que eventualmente todo quedó en silencio.

-“¿Cómo es que puedes estar de tan buen humor todo el tiempo?”-continuó Roberto intrigado, sin darse cuenta que lo había preguntado en voz alta.

Gabriel  lo miró con ojos serenos-“Pienso en mi vida y estoy feliz de ella. Sonrió porque es importante; porque soy afortunado, por vivir las experiencias que he vivido, porque pronto será Navidad, por tener la familia que he tenido, aunque me tengan algo olvidado… Sonrió porque me encanta el mundo y porque, a pesar de todo, me siento bien… Todos tenemos una función en la vida, y  creo que ya la he cumplido; y tu función no es salvarme a mí, Roberto.”- y le sonrió.

-“Y supongo que no me dirás cuál es mi función, ¿verdad?-le contesto, más alegre

-“No, eso es algo que tú mismo debes averiguar.”- y rieron juntos.

Roberto le habría hecho más preguntas, habría aprovechado mejor el tiempo que pasó con él de haber sabido que dentro de dos días, Gabriel jamás volvería a despertar.

…….

            Roberto salió del hospital desolado, y tomó el primer vuelo que encontró hacia casa. Era el quince de diciembre. Al llegar ahí, y el estar rodeado por mucha de su familia y amigos no tardó mucho en olvidar su experiencia en el hospital. Apenas habían pasado unos días y ya había vuelto a ser el mismo de antes. Salía con unos conocidos a beber y a comprar cosas, pero por alguna razón se sentía incómodo, culpable.

-“No seas tonto”- se decía-“no había nada que pudiera hacer.”

            Al llegar a su casa esa noche, encontró un pequeño papel dirigido hacia él en el correo.

-“¿Qué es eso?”- le preguntó Javier, un conocido, pues estaba  a punto de comenzar la fiesta y él era el anfitrión.

-“No lo sé”-dijo, entonces lo abrió y leyó su contenido: “Antes de morir, mi tío Gabriel me pidió que te entregara esto. Dijo que esperaba que te diera la felicidad que tanto querías y que te deseaba lo mejor.”-Roberto no se imaginaba que podría ser, así que miró el interior del sobre. Era un boleto de lotería. No solo eso. A Roberto se le abrieron los ojos por completo, ¡era el boleto ganador de la lotería! 

-“Es una broma, ¡qué suerte! ¡Eres rico!”-exclamó Javier-“¡Hay que celebrar! ¿Qué harás con él?”-preguntó emocionado.

“Yo…no lo sé”-dijo incrédulo-“creo…creo que organizaré algo. Un viaje bonito para mi familia y yo, y el resto lo donaré. Sí, es perfecto, esta es la época perfecta para esto.”-Ahora entendía porque se había estado sintiendo tan mal. Ahora todo lo veía claro; por fin se había dado cuenta de lo verdaderamente importante y, por primera vez en su vida, se sintió libre.

-“¡¿qué?! ¿A caso estás loco?”-le pregunto Javier.

-“¿Loco?”-dijo Roberto extrañado-“si, supongo que lo estoy.”- entonces sonrió-“Supongo que eso es lo que le hace la navidad a las personas”-dijo, completamente feliz.

Autor: C-lina